viernes, 19 Enero 2018
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Estambul: Navidad en la Basílica de Sent Antuan

En nuestra iglesia, los diferentes tiempos litúrgicos se evidencian específicamente con decoraciones y otros símbolos, que significan lo que la Iglesia celebra. Lo que litúrgicamente es el tiempo más breve, el Adviento y la Navidad, que generalmente se celebran en apenas un mes y medio, los frailes menores conventuales lo celebran meditándolo por casi tres meses.

¿Por qué? Podemos decir que por dos motivos: el primero es que san Francisco amaba esta fiesta, pues celebraba gozosamente y con ternura al Niño Jesús, como lo hizo en Greccio. El segundo es que, para nosotros, se vuelve una ocasión de anuncio a los hermanos musulmanes: Aquel que “después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, nos habló por medio de su Hijo” (Heb 1, 1-2), pasando de la condición de Palabra Divina a la de Carne.
Hoy tenemos, en la cuna del pesebre, la Sagrada Escritura que mañana llegará a ser un Niño divino. Hoy, también en cuna, tenemos puesta nuestra fe y nuestra esperanza y, habiendo vivido estas dos virtudes teologales, mañana tendremos la virtud por antonomasia: el Amor mismo. Él, Jesús, dice: “Ero cras” (“Estaré allí mañana”), a todo aquel que regresará a celebrar la Navidad. Este es el evento que ocurre en la cuna franciscana, en el “atrio de los gentiles” delante de la iglesia de Sent Antuan en Beyoğlu.
Y nuestro atrio de Sent Antuan abraza, no sólo arquitectónicamente sino también espiritualmente, a todos aquellos que pasan bajo el pórtico, que introduce desde la calle al espacio común y de todos. En este atrio se lleva a cabo nuestro primer anuncio, el de la encarnación del Hijo de Dios, con el simple y claro pesebre evangélico. En este pesebre, María y José esperan y, al mismo tiempo, silenciosamente anuncian el evento del Nacimiento del “Verbum caro factum est”.
A algunos metros de distancia, en la parte opuesta del atrio, el artista Wim DELVOYE con su “Crucifijo retorcido”, queriéndolo o no, ha expresado otro parto, el doloroso, sufrido por Aquel que ha nacido exclusivamente para nuestra salvación.
Estos dos “advientos” de Jesús, su nacimiento y su crucifixión, se suceden uno a otro bajo la mirada de la Inmaculada, desde el mosaico en la luneta de la puerta de la iglesia. La Virgen parece indicar, con las dos manos abiertas y hacia abajo, la ama de casa que abraza a quien entra en el atrio, que invita a entrar en la iglesia para descubrir más plenamente el misterio de la Navidad. Quien entra en la Iglesia no puede dejar de notar las coronas de Adviento sobre las columnas. Son coronas que lo anuncian y pareciera que, junto a las lámparas en forma de coronas reales, proclamasen: “Los justos … viven siempre, su recompensa está en el Señor… Por eso recibirán una magnífica corona real, una hermosa diadema de manos del Señor” (Sap 5, 15-16). Además, las coronas muestran e indican los dos árboles de Navidad del presbiterio. Estos arden (con sus luces) como la zarza en el desierto, para que cada visitante de la iglesia se diga a sí mismo: “Quiero acercarme para observar este grandioso espectáculo” (Ex 3, 3). Quien se acerca descubre no sólo los árboles, sino también el gran pesebre más elaborado, que busca decir más acerca de la persona de Jesús y de su Nacimiento. Este es el pesebre de los creyentes.
Esta es la Navidad de los frailes menores conventuales en Estambul, solemnemente proclamado el 24 de diciembre, con la así llamada “calenda” a la gente de Estambul: “Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11).

Fray Anton BULAI

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