La Iglesia nos conduce al Calvario no para quedarnos en el dolor, sino para aprender de Cristo qué significa realmente reinar. En un tiempo marcado por guerras, miedos y divisiones, la cruz nos revela que la paz no es una idea amable: es un camino pascual que pasa por la verdad.

La realeza de Jesús no es dominio. Ante Pilato lo dice con claridad: «Mi reino no es de este mundo… Yo he venido para dar testimonio de la verdad». Y añade: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Aquí está el punto decisivo: Cristo no anuncia una teoría. La verdad se ve en su vida: en el silencio, en la obediencia, en la entrega hasta la cruz. No impone, no obliga: da testimonio.
Frente a Él está Pilato. Percibe la inocencia de Jesús, pero queda atrapado por el miedo y las presiones. Sabe que puede elegir y, sin embargo, no elige del todo la verdad. Busca arreglos, intenta soluciones intermedias, hasta lavarse las manos. Pero ese gesto no lo libera: la responsabilidad permanece.
Es una página que nos toca de cerca. Se puede reconocer el bien y no seguirlo. Se puede ver la verdad y quedarse neutral. Pero la neutralidad, ante la injusticia, no salva.
También el letrero en la cruz —«Rey de los judíos»— queda así. Pilato no lo cambia. Como si se detuviera a medio camino: ha intuido algo, pero no tiene el valor de adherirse a la verdad.
Y, sin embargo, Cristo no retrocede. La cruz nos muestra que el verdadero poder no es el que aplasta, sino el que permanece fiel a la verdad y así salva.
De ahí nace la paz cristiana. No como un simple deseo, sino como un don real: «La paz esté con ustedes». Es la paz del Resucitado, capaz de transformar el corazón y, a través del corazón, también el mundo.
Esta es la paz que hoy estamos llamados a comprender: una paz «desarmada y desarmante». No nace del cálculo de la fuerza, sino de Dios. Es un don «de lo alto», pero no pasivo: hay que acogerlo, cuidarlo, vivirlo.
Por eso no es ingenua. Es una paz que resiste la violencia sin imitarla. Es una fuerza humilde y perseverante, que rechaza la lógica del miedo y de la intimidación.
Y, sin embargo, el Evangelio nos advierte: cuando la verdad se deja de lado, la paz se debilita. Cuando la conciencia se acalla, la agresividad crece —en las relaciones, en las familias, en la sociedad— hasta parecer normal.
Entonces la cruz nos plantea una pregunta personal: ¿qué estoy alimentando en mi corazón? ¿La paz o el resentimiento? ¿La verdad o la conveniencia?
Porque la paz no es solo una cuestión «externa», política o internacional. Nace dentro y luego se hace palabra, gesto, estilo de vida.
La fe cristiana es muy concreta en esto: hay que hacer todo lo posible para evitar la guerra, y aun en los conflictos la ley moral sigue siendo válida. No todo está permitido, nunca. La paz exige decisiones coherentes, no solo buenas intenciones.
Así comprendemos que la verdad no es un detalle. Es lo que impide que la justicia se vuelva venganza y que la paz se reduzca a un acuerdo vacío.
Además, esta paz no se refiere solo a las relaciones entre las personas, sino a toda la vida: paz con Dios, paz entre los hombres, paz con la creación. Es una reconciliación que lo abarca todo.
¿Cómo vivirla, entonces, de manera concreta? Ante todo: acoger la paz como un don. No podemos construirla solos. Hay que pedirla, recibirla, custodiarla. Luego: buscar la verdad sin ceder a la venganza. La justicia sin reconciliación se vuelve dureza; la paz sin verdad se vuelve ilusión. Por último: practicar un desarme concreto. En las palabras, en los juicios, en las reacciones. A veces significa escuchar más, hablar con mayor verdad, cortar una cadena de agresividad. Y, en la medida de lo posible, apoyar todo lo que previene los conflictos y construye puentes.
Son decisiones sencillas, pero exigentes. Porque la tentación siempre es la de las «medias tintas»: tomar distancia con palabras, sin cambiar de verdad. Pero la conciencia no se lava las manos.
Hoy, ante la cruz, comprendemos que Jesús es rey porque da testimonio de la verdad. El proceso de Pilato nos advierte: se puede reconocer el bien y no elegirlo; se puede intentar evadir y seguir siendo responsables.
Pero Cristo no se quiebra. Su fidelidad abre un camino: una paz humilde, perseverante, desarmada y desarmante, capaz de vencer el mal sin reproducirlo.
Pidamos entonces la gracia de escuchar de verdad su voz, de no pertenecer a la mentira y de llegar a ser —en nuestra medida— constructores de paz: una paz fundada en la verdad, en la justicia y en la misericordia.
Amén.

Roma, 3 de abril de 2026
Card. Dominique Joseph MATHIEU, OFMConv.