Cada día, cientos de personas y vehículos cruzan la avenida principal que une Ciudad Juárez (México) con El Paso (Texas, EE.UU.). Este paso se ha convertido en un cruce binacional donde la vida se entrelaza entre ambas ciudades. A solo 1.6 km del punto fronterizo mexicano, del lado estadounidense, se encuentra nuestra fraternidad franciscana conventual de Santa Kateri Tekakwitha, presente desde hace más de treinta años. En colaboración con grupos de feligreses y voluntarios, los Hermanos ayudan a construir Iglesia sirviendo con cariño a las comunidades vulnerables de la frontera, compartiendo sus dificultades, sufrimientos y esperanzas, y promoviendo junto a ellas proyectos comunitarios de solidaridad (cf. Constituciones 108 §1).
A pesar de leyes migratorias cada vez más estrictas, la construcción de un muro fronterizo y los tratos indignos que algunas instituciones han dado a hombres, mujeres, niños y familias, estas ciudades hermanas siguen construyendo puentes de humanidad y fortaleciendo vínculos solidarios con los más pobres y vulnerables.
En esta tierra compartida de frontera, destaca especialmente el trabajo del Ministerio para Migrantes, del grupo de voluntarios Esperanzar y del Programa de distribución alimentaria y apoyo nutricional para albergues y hospitales. Gracias a este servicio, entre 300 y 400 familias de ambos lados de la frontera reciben asistencia cada quince días o cada mes. En los días de Acción de Gracias y Navidad se preparan comidas especiales y se recolectan regalos para quienes más lo necesitan. Se presta atención especial a las madres solteras, quienes reciben ropa, pañales, alimentos y otros artículos básicos para sus hijos.
Desde hace varios años, un grupo de feligreses organiza dos veces al año bazares solidarios, posibles gracias a las donaciones de la comunidad parroquial, de miembros de otras iglesias y de benefactores. Se reúnen prendas, juguetes, zapatos y artículos para el hogar en buen estado, que se ofrecen con espíritu de reciclaje y reutilización, también en favor del cuidado ambiental. Tanto los objetos donados como los ingresos de las ventas apoyan a muchas familias de ambos lados de la frontera y a personas en situación especialmente vulnerable. También benefician diversas obras y actividades pastorales de la Iglesia.
Septiembre está dedicado a celebrar la creación. Durante este mes recibimos un regalo especial: el dueño de un huerto nos permitió recoger parte de su cosecha de manzanas para compartir con personas sin hogar, especialmente con los residentes del Opportunity Center, una organización sin fines de lucro que administra un albergue. Esta iniciativa, impulsada por el grupo Esperanzar, fortaleció la fraternidad y la comunión entre quienes colaboran en el ministerio para migrantes. También nos permitió experimentar la generosidad de la tierra que, como don de Dios, se ofrece con abundancia a todos. Vivimos este momento rezando y cantando juntos el Cántico de las creaturas de san Francisco.
El servicio que ofrecemos a través de la distribución de alimentos y los ministerios de apoyo a migrantes nos permite, con alegría y compromiso, encarnar el llamado del Papa Francisco: «el principio del bien común se convierte inmediatamente… en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres» (Laudato Si’, 158). Esperamos que estos esfuerzos ayuden a construir comunidades más fuertes, capaces de derribar los muros invisibles que nos dividen y de fomentar vínculos de amistad, fraternidad y esperanza.
Oficina Esperanzar.








