¡La paz esté con ustedes! (Jn 20, 19.21)
Queridísimos Hermanos: a cada uno de ustedes, a cada comunidad, Provincia, Custodia, Delegación y misión: ¡la paz esté con ustedes!
Con el saludo del Resucitado, ‘la paz esté con ustedes’, deseo llegar a cada Hermano y a cada fraternidad en este tiempo de gracia, para compartir el don de Su paz viva y desarmante.
Mientras nuestra Familia Franciscana celebra el Octavo Centenario del Tránsito de nuestro Seráfico Padre San Francisco (1226-2026), la Pascua resuena como una invitación a contemplar la unidad indivisible de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, sin la cual sus primeras palabras dirigidas a la comunidad no tendrían la misma fuerza. No hay gloria sin el don total de Cristo en la cruz, ni vida nueva sin atravesar el silencio del sepulcro.
Es en el misterio pascual donde resplandece la paz del Resucitado, ese ‘la paz esté con ustedes’ que vence el miedo y abre los corazones a la confianza. Como recuerda el Papa León XIV, esta es ‘una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante’. San Gregorio Magno enseñaba que el mal se vence con el bien y que la humildad desarma la soberbia (cf. Moralia in Iob). Esta es la paz de Cristo: no impuesta, sino donada; no violenta, sino capaz de vencer el mal con la fuerza mansa del amor.
Un ejemplo luminoso de esta conversión a la paz lo encontramos precisamente en nuestro Seráfico Padre. Partió para la cruzada vestido de hierro y animado por sueños de gloria; en Espoleto escuchó la voz del Señor, que lo interrogaba sobre a quién era mejor servir. A veces basta un pequeño desplazamiento del corazón para cambiar la dirección de la vida. Francisco regresó, se despojó de la armadura y eligió caminar por el mundo desarmado, desnudo y libre. Había comprendido que la verdadera victoria no consiste en someter al otro, sino en dejarse vencer por el amor de Dios.
En este Año Jubilar de la Familia Franciscana, que cada una de nuestras presencias sea signo visible de la gracia: un lugar en el que el Resucitado encuentre a su pueblo y, a la luz de la Pascua, desarme los corazones y los conduzca de nuevo a la paz, tras las huellas de nuestro Seráfico Padre.
Queridísimos Hermanos, no nos cansemos de hacer el bien, de anunciar la Pascua de Cristo y de vivir un continuo renacer como jurisdicciones, como fraternidades y, sobre todo, como Hermanos. Nuestra consagración a Dios mediante los votos evangélicos constituye hoy un instrumento privilegiado para ‘desarmar’ las lógicas de la posesión y del poder.
No dejemos que nos roben la esperanza las crónicas de un mundo herido, en el que parece prevalecer la lógica del más fuerte. Fijemos, más bien, la mirada en el sepulcro vacío, que da sentido a cada una de nuestras cruces: es allí donde todo miedo es vencido y toda herida encuentra su luz. Nuestro Seráfico Padre, llevando en su cuerpo los signos de la Pasión y despojándose de todo para revestirse de Cristo, continúa alentándonos a ser heraldos de esa paz de la que la humanidad tiene extrema necesidad.
Junto a la tumba del Poverello, les aseguro mi constante recuerdo en la oración y mi cercanía fraterna. ¡Feliz Pascua a cada uno!
Resurrexit sicut dixit, alleluia!
Fray Carlos A. TROVARELLI OFMConv
Ministro general










