Tras las manifestaciones anti-Trump en Groenlandia y Dinamarca, y después del envío simbólico por parte de algunos países europeos de unidades militares anti-anexión, en una nueva entrevista a Fray Tomaž MAJCEN, OFMConv, franciscano de origen esloveno y párroco en la capital de la isla ártica, el blog Tra Cielo e Terra (Entre Cielo y Tierra), dedicado a la geopolítica de las religiones, recoge su visión.

—Padre Tomaž, ¿usted estuvo entre los manifestantes en Nuuk? ¿Puede contarnos cómo se movilizó la sociedad civil?
No estuve físicamente presente en la protesta en Nuuk, pero la seguí muy de cerca, espiritualmente y en la oración. Como sacerdote, me sentí profundamente unido a la gente. Recé de manera especial por la paz, la sabiduría y el respeto por esta tierra y por su pueblo. A veces la presencia de un sacerdote no se da en la calle, sino en la oración silenciosa, llevando ante Dios las preocupaciones de la comunidad.
Por lo que informaron los medios, puedo decir que lo que más me impresionó fue la naturalidad con la que se movilizó la sociedad civil. No estuvo guiada por estructuras políticas ni por consignas estridentes, sino por un sentido compartido de responsabilidad. Fue una expresión serena y digna de amor por la propia tierra y por la propia identidad.

—¿Qué piensa del hecho de que Groenlandia, una tierra remota en el extremo del mundo, esté ahora en el centro de la atención internacional?
La verdad es que los sentimientos son encontrados. Por un lado, Groenlandia siempre ha sido invisible para el mundo y, de pronto, todos hablan de nosotros. Puede resultar extraño, incluso incómodo. Por otro lado, duele constatar que el interés no se centra tanto en las personas, la cultura o la frágil belleza de esta tierra, sino más bien en el poder y en la ventaja estratégica.
Como sacerdote, siento preocupación. Groenlandia no es un espacio vacío. No es solo hielo, minerales o geografía. Son personas, familias, historia, heridas y esperanzas. Espero que el mundo no se limite a mirar a Groenlandia, sino que también la escuche.

—Algunos países europeos se están moviendo para apoyarlos enviando fuerzas militares, aunque en número muy limitado. ¿Lo considera una señal positiva? ¿Es suficiente?
Lo veo principalmente como un gesto simbólico. Muestra que Groenlandia no está completamente sola y que el derecho internacional todavía significa algo. Eso es importante. Al mismo tiempo, no creo que más armas o más soldados traigan realmente paz o seguridad.
Lo que necesitamos de verdad es respeto, diálogo y un compromiso claro con los derechos de las personas que viven aquí. La presencia militar puede calmar los temores por un momento, pero no resuelve el problema de fondo. La seguridad nunca debería sustituir a la dignidad humana.

—Trump sigue afirmando que hay dos maneras de adquirir la isla: invadirla o comprarla. ¿La segunda opción, no violenta, sería un compromiso más aceptable, en su opinión? ¿Cómo reaccionaría el pueblo groenlandés?
Para la mayoría de los groenlandeses, esta hipótesis es en sí misma profundamente ofensiva. No se puede comprar a un pueblo. No se puede comprar su tierra como si fuera un objeto sin alma. Aunque no se recurriera a la violencia, la idea sigue negando la dignidad y la libertad del pueblo.
Estoy convencido de que los groenlandeses rechazarían de manera clara una propuesta de este tipo. No por odio hacia nadie, sino porque valoran su identidad y el derecho a decidir su propio futuro. Como cristiano, creo que la libertad no está en venta.

—¿Qué piensa del hecho de que hoy una potencia global, solo en nombre de su fuerza, pueda proclamar: “necesito ese país, así que lo tomo, por las buenas o por las malas”?
Es alarmante y debería preocuparnos a todos. Si solo el poder decide qué es justo, entonces los débiles nunca están a salvo. La historia nos enseña adónde conduce esta lógica. Como sacerdote, no puedo aceptar un mundo en el que la fuerza sustituye a la justicia y el miedo reemplaza al diálogo.
Desde una perspectiva cristiana, esta forma de pensar es profundamente problemática. El Evangelio está siempre del lado de los pequeños, de los vulnerables y de quienes no tienen poder. La fuerza no crea derecho.

—¿Considera que las voces de las Iglesias han sido hasta ahora tímidas frente a las ambiciones de Trump sobre la isla ártica? ¿Cree que debería hacerse más? ¿Cuál es su llamado?
Pienso que las Iglesias podrían hablar con mayor claridad y valentía. El silencio puede interpretarse fácilmente como aceptación. Es cierto que la Iglesia no es un partido político, pero sí es una voz moral. Cuando está en juego la dignidad humana, debemos hablar.
Mi llamado es sencillo: recordemos al mundo que la paz se construye sobre el respeto, no sobre el dominio. Oremos, sí, pero también hablemos. Pongámonos del lado de quienes se sienten pequeños y amenazados. La Iglesia debe estar cerca de ellos, del mismo modo que Cristo estuvo cerca de los olvidados.

Antonella PALERMO
Tra Cielo e Terra