Reflexiones después del Seminario internacional “Nostra Aetate. 60 Years Later”
El 19 de noviembre de 2025, en el Aula Magna “Juan Pablo II” de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma, tuvo lugar la conferencia “World Situation of Interreligious Dialogue” (Situación mundial del diálogo interreligioso), enmarcada en el Seminario internacional “Nostra Aetate. 60 Years Later” (Nostra Aetate. 60 años después), celebrado los días 18 y 19 de noviembre. El ponente principal fue S.E. el Cardenal George Jacob KOOVAKAD, del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso.
Inicialmente no tenía intención de escribir nada, también porque sólo había participado parcialmente. Sin embargo, dos episodios me hicieron cambiar de opinión.
El primero tiene que ver con un Hermano que, hace unos días, al hablar de mis encargos como Delegado para el Diálogo Ecuménico e Interreligioso, comentó que “todo el diálogo se reduce a la amistad, pero sólo a la amistad”. Personas de diversas tradiciones religiosas se vuelven amigas: es una experiencia hermosa, claro, pero según algunos ahí termina todo. Nada más. Para ellos, cualquier encuentro de diálogo es visto casi como un esfuerzo destinado a no dar fruto, una especie de “lo mismo de siempre”.
El segundo episodio ocurrió durante el seminario. En la última intervención, el Cardenal KOOVAKAD habló de su enfoque personal del diálogo interreligioso. Le pregunté qué modelo prefería entre los muchos elaborados a lo largo de los años. Respondió con sencillez: la amistad, y añadió incluso: “hasta llegar a la amistad”. Es decir: no basta con una cortesía superficial; se trata de avanzar hacia una amistad genuina, con todo su peso humano y espiritual.
Respuestas como esta pueden no satisfacer a quienes esperan resultados visibles de inmediato, fruto del trabajo acumulado durante siglos por miles de personas. Como cada generación, también la nuestra es impaciente: quisiera resolver problemas que llevan abiertos desde tiempos inmemoriales. Luego descubrimos que no podemos. Carl Gustav JUNG ya lo había intuido: el joven sueña con conquistar el mundo, hasta que entiende que el mundo no será conquistado por alguien como él. De ahí surgen frustración, resignación y escepticismo.
Lo mismo puede pasar con la amistad. Se vuelve un desafío. Las decepciones, los malentendidos y las sospechas forman parte del camino. Esto ocurre cuando la reducimos a un ideal inalcanzable, casi una perfección absoluta, como la amistad bíblica entre David y Jonatán.
Creo, sin embargo, que ni mi Hermano ni el Cardenal se referían a esa forma “ideal”. Hablaban más bien de relaciones amistosas hechas de escucha, comprensión, respeto, gentileza y disponibilidad. Son actitudes que deberían modelar nuestras fraternidades y, en general, toda comunidad humana. Lamentablemente, percibimos con frecuencia cuánto faltan en las relaciones cotidianas. Quizá nuestra vocación es precisamente esta: reconstruir las relaciones, y para ello el diálogo es necesario, sea cual sea el paradigma en el que uno lo sitúe.
Es más sencillo redactar un artículo para una conferencia u organizar un proyecto de servicio común que superarse a uno mismo, abrirse a una amistad nueva y derribar una barrera interior.
Algunos señalan que Jesús, en los Evangelios, no habla del diálogo interreligioso. Pero si ese diálogo fuera simplemente una forma concreta de amistad, tal vez sus palabras sonarían como una indicación clara: ‘Los he llamado amigos’ (Jn 15,15).
Si en los próximos seis años logro animar siquiera a una parte de mis Hermanos a vivir una amistad así con quienes no son católicos o no son cristianos, ya será un resultado por el que habrá valido la pena el esfuerzo.
Fray Sławomir KLEIN
Delegado general para el Diálogo Ecuménico e Interreligioso.
P.S.
Un pequeño episodio, quizá marginal, pero significativo. Durante la foto oficial con algunas personalidades presentes en el seminario, el Imam Nader AKKAD (Gran Mezquita de Roma) me llamó de improviso: “Padre, venga con nosotros para la foto, por favor… ¡el amigo!” Logré captar ese instante. Un detalle sencillo, no sólo cortés, sino genuinamente amistoso.








