Ministro general: Saludo y reflexión con ocasión de la Solemnidad de San Francisco de Asís

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Queridos hermanos, en esta Solemnidad hago llegar mis saludos a cada uno de ustedes, deseándoles, desde el inicio de esta carta, una bella y renovadora celebración.

Como sabemos, “Hermanos todos” es el título de la Encíclica sobre la Fraternidad y la Amistad social, que el Papa Francisco ofrece al mundo en estos días; título inspirado en los Escritos del Seráfico Padre: “Miremos, hermanos todos, al Buen pastor que sostuvo la pasión de la cruz para salvar a sus ovejas” (Adm 6, 1).
Esto me ha motivado a agregar a este saludo algunas reflexiones, para compartir mi punto de vista sobre un par de aspectos de nuestro carisma que considero muy importantes para renovar nuestra fidelidad al mismo.
Antes de ofrecerles mi reflexión, deseo de corazón expresarles todo mi afecto, aprecio y reconocimiento; asegurarles mi continua oración por cada uno de ustedes. Hermanos, valoro muchísimo lo que cada comunidad de la Orden ofrece a la Iglesia y al mundo.
Deseo también hacerme una vez más cercano a los hermanos y las comunidades que sufren a causa del virus (pandemia CoVid-19), de situaciones socio-políticas adversas o por otros motivos.
La reflexión gravita en torno a una gran amenaza contra la fraternidad: la actitud del “apoderarse” o simplemente “del poder”; y a una gran potencialidad: la gratuidad.

“No será así entre los hermanos”
Cuando el poder se hace estilo de vida, hermenéutica y proyecto.

Igualmente, a este propósito, ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos. Pues, como dice el Señor en el Evangelio, los príncipes de los pueblos se enseñorean de ellos y los que son mayores ejercen el poder en ellos; no será así entre los hermanos (cfr. Mt 20,25 – 26); y todo el que quiera hacerse mayor entre ellos, sea su ministro y siervo, y el que es mayor entre ellos, hágase como el menor (cfr. Lc 22,26). (RnB V).

Celebrar la figura del hermano de Asís sin cuestionar nuestra propia vida, podría llevarnos a una gran contradicción. Como suelo decir, nuestra realidad de hombres pecadores nos hace involuntariamente incoherentes. Pero, de lo que aquí se trata, es de nuestro proyecto de vida y de los criterios reales que la conducen. Es importante, entonces, que releamos constantemente nuestra vida bajo la luz de Francisco de Asís.
Para el “Poverello”, la fraternidad es directamente proporcional a la minoridad, e inversamente proporcional al poder-dominio. Él simplemente se identificó con Jesucristo pobre y crucificado, y con los criterios del Evangelio. Admirando el anonadamiento del Hijo de Dios y la pequeñez de la Madre, Francisco sienta las bases de su minoridad radical. Fiel cumplidor del Evangelio, no sólo admira, sino que asume como experiencia primordial la paternidad de Dios y la consecuente conciencia de la fraternidad universal allí generada. Experiencia simple, pero significativa, al punto de desencadenar una nueva visión de la realidad eclesial, de la sociedad con sus procesos históricos, de la política, de la economía, de los medios de producción, etc. La clave de San Francisco es no ser señores, sino hermanos.
En la experiencia franciscana, la palabra “hermanos” no sólo indica la realidad familiar de los religiosos, sino un modo de concebir el mundo, un modo de situarse en la historia. Por ello se vuelve una palabra incómoda, tanto cuanto lo fue el mismo Jesús, quien, por su opción y mensaje, fue crucificado no principalmente en manos del imperio romano, cuanto del sistema clerical de los dirigentes de su mismo pueblo: sistema clerical que, acostumbrado al poder, rechazaba la salvación, la novedad del Reino.
San Francisco conocía muy bien las contundentes palabras del Señor: no será así entre los hermanos (cfr. Mt 20,25-26). La fraternidad fue constitutiva de la primera realidad eclesial. Jesús, con la entrega de sí mismo en la cruz, generó un pueblo de hermanos (Ef 2,11-18). Resucitado, el Señor llama a sus discípulos “hermanos” (Jn 20,17), invita a todos a volver a nacer de lo alto (Jn 3,3), y da nuevo contenido a las relaciones entre hermanos (Mt 5,21-26), incluyendo la corrección fraterna (Mt 18,15ss).
A imagen del Evangelio, los llamados a integrar la fraternidad franciscana deben amarse mutuamente (RnB XI), considerarse como iguales y hermanos (RnB VI), testimoniarse respeto y honor (RnB VII), manifestarse con confianza sus necesidades (RB VI), servirse humildemente unos a otros (RnB VI), evitar las disputas, las murmuraciones, la cólera y amarse de obra y no con palabras (RnB XI), utilizando la ternura (RnB IX; RB VI). Además, la fraternidad crea un espacio de libertad en el que cada hermano desarrolla su propia personalidad según el Espíritu le inspire, consecuencia de la atmósfera de libertad creativa que se respira: los hermanos podrán desobedecer a sus ministros cuando éstos les llegasen a mandar algo contrario a nuestro género de vida (RnB IV). Estos elementos están presentes en la descripción que de nuestra identidad carismática hacen las Constituciones generales, especialmente en los números 1 y 2.
Los historiadores del movimiento franciscano, nos recuerdan que el proyecto de vida iniciado por San Francisco recoge anhelos característicos del pueblo medieval: la igualdad, el trabajo solidario y servicial, la vida fraterna, la pobreza compartida, el rechazo de la riqueza alienante. Paralelamente, la eclesiología de Francisco de Asís es una eclesiología “sin potestades”, pues para él es claro que el poder de Dios se manifiesta en la fragilidad y en la minoridad, no en la superioridad o en el dominio.
Jesús perfeccionó el Antiguo Testamento, otorgando una gran magnanimidad al amor fraterno, a los “débiles” de la historia, a los pobres, a los sufrientes. Una pobre viuda anciana, un paralítico, una pecadora, los niños, un ciego, un leproso, un pagano y hasta un soldado romano… pueden convertirse en sujetos privilegiados del Reino. Así también para los franciscanos: la potestad es concebida como servicio y como generadora de fraternidad.
Hermanos, la fraternidad es un estilo de vida, un criterio transversal, un mensaje, un método de vida, un testimonio de la presencia del Señor y su Reino de Amor y Justicia. Huyamos de la tentación de ser “príncipes”, esto es, de enseñorearnos de nuestros espacios, de los hermanos, de los fieles, de los bienes materiales, del saber…
Hago un llamado especial a toda la Orden, especialmente a las nuevas Provincias o Custodias, a discernir la tentación de dejarse seducir por algún tipo de poder, como -por ejemplo- el buscar popularidad, o los propios beneficios, o el ir detrás de cargos y de bienes, o de alimentar intrigas y campañas políticas por el gusto del poder, etc. Todo esto atenta contra la comunidad.
Detentar un ministerio, un cargo, una administración, una cátedra, etc., no nos hace dueños. Tampoco somos dueños de la cultura del otro ni de los “saberes” del otro: es más, lo nuestro es más bien buscar la escucha, el reconocimiento, la aceptación, el respeto, pues somos discípulos del Maestro y del Evangelio, y todos habitamos la misma casa, la casa común.
Tampoco somos dueños de lo “sagrado”, ni de la liturgia, ni de la cátedra del presbiterio. No pocas veces pareciera que algunos, en nuestro tiempo eclesial, revestidos de los ornamentos litúrgicos, refieren un poder sagrado a sí mismos y no al Señor; quienes en vez de “desaparecer” tras los signos, más bien se apoyan en ellos para “aparecer”. ¡Lejos de nosotros esta tentación! El Papa Francisco ha dado amplio espacio a este tema cuando habla -entre otras cosas- de la “mundanidad espiritual” (EG 93-104).
A veces, nuestro mismo hábito es usado no como signo, sino como “investidura”: quizás las personas muy sencillas puedan considerarlo así, pues lo hacen para venerar al Señor; en cambio, si nosotros mismos nos consideramos “investidos”, quizás estemos atentando contra el carisma y contra la misma cruz.
Que nuestra alegría, como hombres de Iglesia, sea la sencillez. Que no sintamos otra potestad que la de poder hacernos cercanos a los humildes, a los perseguidos, a los simples, a los atribulados, a los enfermos, a los excluidos, a los piadosos de corazón, a los creyentes, a los jóvenes y a los ancianos, a los inmigrantes y a los desposeídos, a cada uno de los hermanos -incluso a los difíciles o molestos-, al Pueblo santo de Dios. ¡Que nuestro testimonio de hombres de servicio, ayude a generar en nuestro entorno un mundo cada vez más fraterno!

Lo gratuito por sobre lo cuantificable
La restitución gratuita como consecuencia de la fraternidad
y generadora de futuro.

Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno (cfr. Lc 18,19). (RnB XVII, 17-19).

Una de las consecuencias de la “fraternidad” como criterio de pertenencia al mundo, es la gratuidad. El Papa Francisco ha insistido muchas veces en la necesidad de superar la misma concepción de solidaridad y justicia, con la de sobreabundancia y gratuidad. La justicia reclama lo “debido”, la restitución la equidad. La sobreabundancia, en cambio, reclama la gratuidad del amor, que genera vida sobreabundante, como dice la misma Palabra, sin medida, fuera del cálculo.
San Francisco nos invita a restituir todos los bienes al Señor y a vivir con gratitud. La gratitud se trasforma en gratuidad: ofrecer al mundo no sólo cuanto es justo, sino cuanto pueda testimoniar la bondad del Señor. El Padre Dios mostró hasta dónde pudo llegar la generosidad divina: hasta darnos a su propio Hijo (Rm 8,32); Él es la verdadera Xáris, la gracia, la caridad sin medida, la generosidad sin límite. Y si la gracia de Dios es la base de la redención, es también la forma concreta de cómo nosotros debemos vivir la caridad (cfr. Rm 12,6; Ef 6,7).
El sentido de la gratuidad y el gusto por ella, son componentes de la tradición franciscana… Dios es «gratuito»: gratis nos regala a su Hijo (¡no sólo ni principalmente como consecuencia del pecado!). Gratis nos regala, en el Hijo, todas las cosas. Especialmente para nosotros franciscanos, el llamado es a ser sacramento de la gratuidad del amor de Dios, un mensaje para el sistema consumista que nos rodea.
En su libro “El gemido de la creación”, nuestro hermano †Giacomo Panteghini OFMConv, nos recordaba la actual crisis (en el sentido de fracaso) de la “razón analítica”, que “divide la realidad” para poderla dominar, y la contrapone a la “razón simbólica” que, en cambio, “genera unidad y  sentido”: “la razón simbólica no divide sino que une, lee la realidad como relación, comunión, integración; su fuerza está en la ‘simpatía’, la participación, el amor… crea convivialidad, comunicación entre todos los seres, sabiendo que todos estamos inmersos en una misma corriente de vida”.
División, dominio, agresión, esclavización, explotación: todo esto es fruto de aquella “razón” analítica, que ha llevado al ser humano a ubicarse de frente a la naturaleza para devastarla a propio beneficio y no inmersos en ella con sentimiento creatural. La “razón simbólica” -dice Panteghini- opera en sentido opuesto, encarrilando las relaciones sobre los andenes de la comunicación y de la comunión. Lo mismo podemos decir sobre las relaciones entre las personas, los pueblos, las culturas. La “razón analítica” fundamenta una relación de superioridad; la “razón simbólica” abre a la contemplación del otro, a su aceptación, a la integración, a la relación, a la sobreabundancia de posibilidades, pues reconoce que la realidad no es unidireccional sino inclusiva y “polisémica”.
Hermanos, la “gratuidad” es un principio de Dios y nos invita a vivir en actitud de adoración, de veneración, de comunión, de fraternidad, de unidad… y no de dominio o de usufructo. Por lo general, las culturas originarias, nuestros ancestros, han vivido en continuidad con la creación y no en contraposición a ella (en el sentido de explotación sin medida). La gratuidad “confunde” todos los sistemas que intentan sólo poseer, acumular, consumir.
Ciertamente, la gratuidad puede ser incómoda para el mundo. Para nosotros, en cambio, es motivo de alegría. Estoy seguro de que todos ustedes, mis hermanos, sienten más alegría en dar que en recibir. La misión, el dejar las propias seguridades para “ir hacia”, es uno de los más bellos gestos de generosidad, es decir, de gratuidad. Un misionero, antes de ser significativo por cuanto bien pueda hacer a los demás, lo es por el simple hecho de hacerse “gratuito”, es decir, “ofrecido”, “entregado” sin esperar nada a cambio.
La gratuidad es signo de salud carismática franciscana, pues genera un mundo fraterno. Mirando un poco nuestra misma historia como Orden, resaltan los ejemplos de esta gratuidad. La generosidad ha llevado a muchos hermanos -por ejemplo- bajo ciertos regímenes, a vivir décadas escondidos o presos, como la semilla, hasta que llegasen tiempos de libertad; a otros los ha llevado, en tiempos de dictaduras, a dar la propia vida en el martirio; a otros muchos, o a la mayoría, a ser fieles en la entrega en la vocación recibida. Esta fiesta nos llama a reavivar en nosotros el ardor de la caridad, y a expresar tal ardor en la gratuidad creativa, creadora, generadora.
Como sabemos, la palabra “hermano” o “hermana” adquiere, en boca de San Francisco, la máxima amplitud. No son hermanos o hermanas sólo las personas, sino también cada una de las creaturas. El Pobre de Asís descubre el mundo y la naturaleza para gloria de Dios, y así anuncia la fraternidad y la reconciliación universal. Las creaturas son huellas del Creador y también están al servicio del ser humano, pero no al servicio despiadado del lucro. Desgraciadamente, la visión mercantilista se nos ha hecho tan familiar, que corremos el riesgo de desentendernos de nuestra responsabilidad, tan bien descripta en la Encíclica Laudato Si’, que el Papa Francisco nos regalara cinco años atrás. La concepción mercantilista, el avasallamiento de la madre tierra con el fin de lucro, la instrumentalización, la dominación tecnológica, todo forma parte de nuestra preocupación franciscana. Podemos preguntarnos si nuestro estilo de vida y nuestro compromiso, prestan esta voz profética a un grito que clama veneración a la obra de Dios, respeto a las creaturas y justicia ecológica.
Todos sabemos que en algunas de nuestras presencias como Orden, debemos reestructurarnos. Y la tentación es la de “restructurarnos” pensando en “conservarnos” y protegernos. Es perfectamente entendible, pero considero que insuficiente. No es tiempo de pensar sólo en “conservarnos”, sino que es tiempo de abrirnos y dar -incluso- de nuestra pobreza, en la esperanza de generar nuevos caminos, nuevas presencias, nuevos modos de vida, siempre más fieles al Evangelio y llenos de amor y creatividad.
La gratuidad es un llamado dirigido a todos. También las nuevas Provincias o Custodias deben crecer con la disposición a la gratuidad: crecer con la actitud de dar-se a sí mismos para el bien de los demás. El Señor bendecirá seguramente tal disposición.
Como familia franciscana y conventual, contamos con un espacio privilegiado en el cual poder crecer en generosidad y gratuidad: la comunidad. Cada comunidad conventual, custodial, provincial, si es cuidada con fidelidad, será generadora de novedad de vida. Los invito a dar gracias a Dios por este don de nuestro carisma, y por los hermanos que -creyendo- la viven y ofrecen sus riquezas a la Iglesia y al mundo.

Saludo

Hermanos, una vez más expreso a ustedes todo mi afecto y el reconocimiento por cuanto cada uno de ustedes es y hace.
A la vez, los animo a gozarse a diario en nuestro carisma, que se muestra cada vez más actual. Fraternidad y gratuidad son parte de nuestra herencia; seamos acogedores en relación a los hermanos y generosos en todo. La sobreabundancia de amor oblativo sea la lógica de nuestra conciencia y el ritmo de nuestro corazón. Que nuestras comunidades vivan con criterio Eucarístico: bendiciendo al Señor Dios por el “pan” que es la vida concreta, pero restituyéndola a Él y a los hermanos a través del don de nuestra entrega; esto es, “partiéndonos” para que el mundo tenga vida en Jesucristo.
No me resta más que saludarlos nuevamente y animarlos a seguir con alegría y entusiasmo el camino del Señor según el modo fraterno franciscano. San Francisco, el Pobre de Asís, los acompañe y guíe para bien de nuestra sociedad y de la Iglesia. El Señor les prodigue toda bendición.

Roma, 04 de octubre 2020, Solemnidad de San Francisco

Fray Carlos A. Trovarelli
Ministro general