En la semana que precede al 750° aniversario de la muerte de San Buenaventura, ofrecemos la reflexión de Fray Orlando TODISCO, profesor emérito de filosofía en la Pontificia Facultad Teológica San Buenaventura de Roma «Seraphicum».

El Ministro general Fray Carlos TROVARELLI se dirigió a Fray Orlando, pidiéndole una nota conmemorativa sobre San Buenaventura. ¡Y he aquí su texto! ¿Puede pensarse como una posible respuesta franciscana a quienes se preguntan a dónde nos llevará el desarrollo de la IA? ¿A los que se preguntan cómo dar forma a nuestra exploración del mundo? Creemos que sí. ¡Feliz lectura! ¡San Buenaventura interceda por nosotros!

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BUENAVENTURA, HOMBRE DE GOBIERNO Y DE CÁTEDRA
En el 750° aniversario de su muerte

Buenaventura nació en Bagnoregio en 1217, magister in sacra theologia en 1257, Ministro general de la Orden de 1257 a 1274, Cardenal Obispo de Albano en 1273, murió a la edad de cincuenta y siete años en Lyon el 15 de julio de 1274; canonizado por Sixto IV en 1482, el 14 de mayo de 1588 le fue conferido el título de Doctor de la Iglesia por el papa Sixto V. Hombre de gobierno y hombre de cátedra. Más que proceder a un difícil compendio de su propuesta filosófico-teológico-mística, quizá sea preferible mencionar su motivo inspirador, dotado de una particular fuerza evocadora, para ser reconsiderado y, tal vez, propuesto nuevamente.

Hombre de gobierno

Es bien sabido que los franciscanos abrazaron con entusiasmo la perspectiva joaquinista, porque les daba un fascinante rostro bíblico-dogmático y hacía comprensible la difusión popular de su mensaje. El franciscanismo primitivo estaba alimentado por el entusiasmo y sostenido por el mensaje evangélico, encarnado por Francisco, pero carecía aún de un marco bíblico-teológico específico que le ayudase a labrarse un cierto espacio en el amplio horizonte eclesial de la época y actuase como rasgo distintivo frente a otras entidades religiosas.
Pues bien, Buenaventura, al trazar las líneas generales dentro de las cuales el franciscano puede dar espacio a su creatividad, permaneciendo fiel a la fuente y al mismo tiempo empeñado en mostrar su fecundidad, respondió a esta necesidad. ¿Y qué decir del estilo pastoral de carácter juglaresco de Francisco y de sus primeros compañeros? ¿Ese estilo está acaso anulado o, por el contrario, traducido y repropuesto de otra manera? Pues bien, he aquí la aportación específica de Buenaventura que, por una parte, está en línea con el estilo conceptual y argumentativo del pensamiento filosófico-teológico de la época y, por otra, abre escenarios que sostienen la belleza multiforme del carisma franciscano.
Francisco está inmerso en el corazón de la Edad Media -el cuidado de los leprosos abandonados a su destino de muerte, la lucha entre mayores y menores…-, participando en los problemas de la gente de su tiempo, difundiendo como un juglar el mensaje de la fraternidad universal. Ahora bien, ¿cómo es recibido y vivido su carisma? Principalmente se le libera de su tiempo tratando de encarnarlo en el propio. Pero, ¿es fácil esta operación de liberar el carisma de Francisco de su tiempo para encarnarlo en el propio? A la luz de los primeros contrastes en la familia franciscana entre los fraticelli y los seguidores de la mirada clarividente y perspicaz de Fray Elías, hay que decir que no lo es, porque es fácil absolutizar las categorías del propio tiempo, oscureciendo el esplendor del carisma y perdiendo su eficacia histórica. ¿Qué se necesita? El papel insustituible de la Escuela Franciscana. Es ésta la que ofrece a la familia en expansión una amplia perspectiva filosófico-teológica para justificar su perfil religioso, en sustancial fidelidad a su identidad original. De ahí la necesidad de no detenerse en Francisco y su tiempo, sino de valorizar el papel de los pensadores franciscanos, auténticos protagonistas de una meditación atenta y creativa sobre la originalidad del mensaje, cuyos componentes han desarticulado sin perder su fuerza cohesiva, para resistir al impacto de los tiempos.
Llegados a este punto, conviene enumerar los escritos -en su mayoría opúsculos- de Buenaventura Ministro general, comenzando por las Determinationes quaestionum circa regulam Fratrum Minorum, destinadas a proyectar en la historia el carisma de Francisco. En este sentido, él es el fundador de la escuela franciscana, que no debe ser ignorada, como si se considerara suficiente centrarse en Francisco, como ocurre en la mayoría de los casos. A Buenaventura seguirán otros protagonistas filosófico-teológico-políticos de alto nivel, de Duns Escoto a Guillermo de Occam, que iluminarán la fuerza explosiva del carisma franciscano desde otros ángulos. Un trabajo valioso, casi siempre dejado en la sombra.

Hombre de cátedra

Y es bajo esta luz como debe apreciarse su línea filosófico-teológico-mística. La propuesta filosófico-teológico-mística de Buenaventura muestra que es un «teólogo desde el principio» (E. Gilson) y que opone la “mundana sapientia” a la “sapientia christiana”. El mundo es devuelto a Dios, expresión de su liberalidad. Los acontecimientos del mundo humano, de la Iglesia, de la Orden, deben ser restituidos al libre albedrío de Dios. ¿Cuál es, pues, la operación que realiza Buenaventura? El paso de la philosophia ancilla theologiae (Tomás de Aquino) a la theologia ancilla philosophiae.
Se trata de activar una especie de revolución disciplinar, oculta en las profundidades del pensamiento franciscano. En efecto, “si se cree que se conoce realmente una cosa cuando y si se conoce la causa por la que la cosa es lo que es, hasta el punto de creer imposible que sea de otro modo”[1], no se puede dejar de admitir que la exploración del mundo, querida y proyectada, no puede confiarse a la razón, aislada de la luz divina, teniendo en cuenta que, abandonada a sí misma, la razón se confirma falible, parcial, incapaz de identificar la inmensa riqueza de las criaturas.
¿Acaso no es muy distinto explorar el mundo como una realidad neutra, de nadie, abandonada a sí misma, que explorar un mundo libremente deseado como un jardín de paz y bienestar, puesto a disposición de todos? La distancia no radica en que uno sea racional y el otro no. Ambos son racionales, pero el uno es ‘sólo’ racional, entendido como aquello que no tiene trazas divinas; el otro, además de racional, o mejor: antes que racional, es ‘querido’, imaginado, libremente creado y libremente dado por uno que podría no haberlo querido, no haberlo diseñado, no haberlo donado. Es obvio que en tal hipótesis la luz puramente racional es insuficiente, y que es necesaria la luz divina[2], que nos permite percibir lo real como ‘vestigium’, ‘imago’, ‘similitudo’ del Verbo eterno, ‘alimento y pastor’, ‘principio fontal’ de todas las criaturas[3].
Por lo dicho, precisa Buenaventura, es evidente que el método, que disipa la duda y cualquier perplejidad, “consiste en comenzar con la certeza de la fe y continuar con la claridad de la razón para llegar a la dulzura de la contemplación”[4]. El conocimiento es unitario, no uno filosófico y otro teológico. Su comienzo es la mirada racional alimentada por el alma teológica del mundo, con las huellas del gesto creador de Aquel que podría haberlo dejado en la nada. Todo saber particular sigue siendo precario si no lo remontamos a su fundamento último.         
Ahora bien, la Revelación bíblico-cristiana, al situar en el centro el voluntarismo creativo, no excluye la dimensión racional y, por tanto, el posible giro tecnológico, sino que sitúa en el centro la sensatez del todo, como traducción de un designio de Aquel que quiso lo que podría no haber querido. Leed De reductione artium ad theologiam y verán “cómo la multiforme sabiduría de Dios (Ef 3,10), que nos transmite luminosamente la Sagrada Escritura, está oculta (occultatur) en todo conocimiento y en toda naturaleza” (n. 26).
De ahí la necesidad de llevar a cabo una revolución disciplinar, es decir, no partir de lo menos para llegar a lo más -de lo puramente racional a aquello que es también revelado, es decir, de lo neutro a lo querido-, sino partir de lo ‘más’ -de la huella real, vestigio, imagen de Dios- y descender todos los escalones del ser hasta el nivel mínimo, dándose cuenta por el camino de lo que el saber especializado deja en los márgenes, a tener en cuenta a efectos de una correcta valoración de su alcance. Todo ello da lugar a un estilo filosófico que deja de ser presuntuoso y normativo, consciente de lo que ha dejado en el camino, porque impide que la razón se vuelva altanera, un juez inapelable de lo verdadero y lo falso, de lo que ha de tomarse como objeto de conocimiento y de lo que ha de dejarse en la sombra en cuanto racional. La razón no es la dueña y señora del campo. La razón está al servicio de la voluntad y, por tanto, de la libertad; no arbitraria, sino creativa o más bien oblativa. El escenario luminoso, colocado a modo de apertura al estilo bonaventuriano, debe ser evocado y protegido como guía primordial en la evaluación del saber especializado.

Fray Orlando TODISCO.


[1]  Unus est magister vester, Sermo IV. n. 7: «Cum res  habeant esse in proprio genere, habeant etiam esse in mente, habeant esse et in aeterna ratione; nec esse earum sit omnino immutabile primo et secundo modo, sed tantum tertio, videlicet prout sunt in Verbo aeterno: restat quod nihil potest facere res perfecte scibiles, nisi adsit Christus, Dei  filius, et magister».

[2] I Sent, Proemii, q. 1, resp: “Et quod obicitur, quod credibile est supra rationem, verum est, supra rationem quantum ad scientiam acquisitam, sed non supra rationem elevatam per fidem et donum scientiae et intellectus. Fides enim elevat ad assentiendum; scientia et intellectus elevant ad ea quae credita sunt intelligendum”.

[3] Unus est magister vester, n. 26.

[4] Unus est magister vester, n. 15: «Hunc ordinem ignoraverunt philosophi qui, negligentes fidem et totaliter se fundantes in ratione…». Cf. Hexaëmeron coll. 19, n. 15.